EXAMEN DE CONCIENCIA




ENTREVISTA A JOSÉ MARÍA M. CIVANTOS, PROFESOR DE LA FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS DE LA UGR

«El poder tiende siempre a representarse y a manifestarse como una forma no solo de ostentación sino también de justificación y de consolidación de su propio poder».


Si te has creído eso de que los recursos naturales se están agotando, tal vez estés en un grave error. Según el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), «la actual sobreexplotación de los recursos naturales está generando un enorme déficit, ya que cada año se consume un 20 % más de los que se pueden regenerar, y ese porcentaje no deja de crecer». De modo que el motivo de que nos quedemos sin recursos no es la carencia de los mismos, sino un sistema capitalista globalizado que explota a mansalva todos los recursos de los que puede aprovecharse, exprimiéndolos al máximo para obtener el mayor beneficio económico. Se trata de un sistema tan salvaje que hasta pretende hacernos creer por medio de su ideario que el ser humano es el responsable, por naturaleza, de todos los males. ¿Vamos a seguir permitiendo que mantengan su egosistema? Si tu respuesta es «sí», «no puedo hacer nada», «yo solo quiero estar tranquilo, no me compliques la vida» o algo similar, aportarás tu granito de arena en la decadencia moral y en la falta de ética ambiental originada por la globalización, favoreciendo así que tus descendientes, esas personas a las que tanto se supone que amas, malvivan en el futuro en las peores condiciones de vida posibles.

José María Martín Civantos es profesor titular en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada y pertenece al Departamento de Historia Medieval y Ciencias y Técnicas Historiográficas. Él nos da algunas claves para conseguir esta transformación social tan necesaria. ¿No creéis que ya va siendo el momento de dejar de mirar para otro lado…?



DFA: ¿Qué justifica la necesidad de un nuevo modelo de sostenibilidad ambiental?

José María Martín Civantos: Principalmente la propia crisis ambiental, provocada por un modelo productivo y de desarrollo que ha demostrado ser insostenible y que nos aboca a un riesgo real de desaparición como especie. En nuestro contexto más cercano podemos encontrar numerosos ejemplos de esta agresión al medio y los desequilibrios que provoca; en el ámbito agrario, del transporte, las energías, la construcción... Incluso cuando se pretende actuar en pro de un beneficio ambiental con la generación de energías renovables, se acaba provocando en muchos casos un efecto contrario o efectos que tienen fuertes impactos. Esto es el resultado de un modelo económico basado en la maximización del beneficio individual y la competencia mal entendida, que son la base del capitalismo.


DFA: ¿Cuáles son esas agresiones al medio?

JMMC: En el caso de la agricultura, los procesos de tecnificación mediante riego presurizado están justificados porque, en teoría, contribuyen a ahorrar agua, pero en realidad ya se ha demostrado que no es así. En primer lugar, porque ha supuesto una extensión enorme de las superficies regables, pero también porque las estaciones se alargan y modifican demandando más agua a final de verano cuando menos hay y, además, intensificando las producciones a costa precisamente de unos mayores consumos de agua y de insumos químicos. Estos procesos están ligados a las dinámicas económicas globales y están suponiendo un cambio también cultural en el ámbito rural y agrario con consecuencias terribles sobre el medio ambiente, sobre nuestros paisajes, la cultura y sobre el poblamiento y los equilibrios territoriales. Hoy en día ya no se habla de agricultura, sino de industria agrícola, y los agricultores ya no son tales, sino emprendedores o empresarios agrícolas.


DFA: ¿Es necesario también modificar el concepto de progreso?

JMMC: Claro. Es necesario entender que el progreso no está ligado a la idea de crecimiento económico, ni tampoco a la de desarrollo científico-tecnológico, sino a nuestra propia capacidad de evolucionar como especie hacia una sociedad más justa, igualitaria, fraternal y en armonía con la naturaleza, de la que formamos parte.


DFA: ¿Cómo sería posible este cambio de modelo? ¿Cuáles serían sus líneas maestras?

JMMC: Tendría que ser, en primer lugar, integral, y ha de incluir necesariamente el decrecimiento y la redistribución como valores fundamentales.


DFA: ¿Podrías explicarnos el concepto de decrecimiento?

JMMC: Es un concepto que, usado no solo como marco teórico sino también como movimiento político, económico y social, remarca la necesidad de reducir nuestro consumo y la producción global ―es decir, nuestro metabolismo social―, siempre asociados con unas formas de relación con la naturaleza más sostenibles y con la justicia social.


DFA: Hablas de la necesidad de un cambio de modelo cultural. En el sistema dominante impera la exhibición y el consumismo. Por ejemplo, si nos centramos en Granada, la espectacularidad de la Alhambra es más atractiva en este sistema que la infraestructura de acequias que permite el desarrollo de la agricultura. ¿Dónde se origina este modelo? Parece anterior a la aparición del capitalismo…

JMMC: Es el modelo del poder, que siempre ha sido predominante desde que se desarrollan las clases sociales. El poder tiende siempre a representarse y a manifestarse como una forma no solo de ostentación sino también de justificación y de consolidación de su propio poder. Nuestro concepto de patrimonio surge de esa idea, ligado a las formas de expresión artística del poder y, por tanto, muy ligado también al monumento. Solo de forma reciente, el concepto de patrimonio se ha ido ampliando, enriqueciendo y complejizando hacia otras formas de expresión, hacia los espacios productivos, la arquitectura vernácula o hacia restos de las sociedades del pasado ligadas al campesinado o las clases populares.


DFA: El proyecto MEMOLA, en el que tú estás muy implicado, es una iniciativa que demuestra que ese cambio de paradigma es posible. ¿Qué puedes contarnos sobre este proyecto?

JMMC: Fue un proyecto de investigación financiado por el 7º programa marco de la Comisión Europea que se desarrolló entre los años 2014 al 2017. Desde su inicio, planteamos la necesidad de trabajar de forma directa con las comunidades de regantes históricas y con la población local de los lugares donde se desarrollaba nuestra actividad. Pero el planteamiento, al contrario de lo que suele ser habitual, fue en primer lugar intentar apoyar y contribuir a la mejora de los propios sistemas de regadío y del trabajo de las comunidades, para establecer una relación de igualdad en la que aprender y compartir conocimientos. La única forma de conservar estos sistemas y sus valores es que sigan activos y dotarlos de sentido en el contexto actual. Desde entonces, hemos continuado con esta labor, ampliando perspectivas, métodos y colaboraciones como MEMOLab (Laboratorio de Arqueología Biocultural de la Universidad de Granada).


DFA: Me interesa mucho tu idea de que el agua es propiedad de la tierra y no de quienes la trabajan. Refleja a la perfección una de las actitudes que debe cambiar el ser humano para evolucionar hacia un mundo más ético y respetuoso.

JMMC: Efectivamente, el agua es propiedad de la tierra, es un derecho de la tierra y no del propietario de la tierra. Este es un principio básico para el mantenimiento de la coherencia del sistema de regadío. Uno no puede vender la tierra sin el agua que le pertenece y, en realidad, los comuneros lo son en cierto modo como representantes de sus tierras. Es un mecanismo de defensa del propio sistema de gestión comunitario del agua para evitar no solo la dispersión sino también la acumulación.


DFA: ¿Percibes la concienciación y la apertura necesaria por parte de la clase política a la hora de favorecer estas transformaciones?

JMMC: Se podría decir que solo en parte, pero en realidad no es así. Es cierto que hay una sensibilidad compartida por el medio ambiente, los valores culturales y paisajísticos, el sentido identitario, la memoria, incluso desde una perspectiva romántica si se quiere. Pero lo que prevalecen son los discursos dominantes sobre el crecimiento y la competitividad, discursos productivistas y extractivistas a los que muchas veces la propia clase política ―como el resto de la sociedad― es incapaz de responder con alternativas que suponen un cambio y una incertidumbre también, en cierto sentido. A eso hay que sumarle que hay muchos intereses, muy potentes, presentes en nuestros territorios, pero también de forma global a través de los medios de comunicación, la cultura del consumo y el individualismo, etc...


DFA: Así que nos queda mucho trabajo por delante...

JMMC: Nos queda todo el trabajo. Nuestra sociedad ha ido evolucionando en muchos sentidos de forma extraordinariamente positiva. Nuestros marcos teóricos sobre el propio concepto de Humanidad, reflejado en los Derechos Humanos, por ejemplo, es un avance enorme respecto de épocas anteriores. Nuestro conocimiento científico y desarrollo tecnológico son realmente impresionantes. El desarrollo de las fuerzas productivas ligado en buena medida a esos adelantos científico-tecnológicos son de igual manera impresionantes. Pero eso no siempre ha supuesto un avance en cuanto a la justicia social, la igualdad o la paz como valores centrales del ser humano y de nuestras formas de organización social. Muy al contrario, los valores centrales son en muchos casos los del individualismo, la competitividad o la maximización del beneficio.


DFA: ¡Qué necesaria es la colectividad! Gracias por participar con tus acciones en la construcción de un mundo posible.

JMMC: No me queda otra. Desarrollar una conciencia obliga a activarse, a no poder quedarse parado mientras vemos no solo los desequilibrios y agresiones a la naturaleza o las injusticias y sufrimiento de muchas personas sino también los graves desafíos a los que nos enfrentamos en el presente y en un futuro próximo. Desde el ámbito científico tenemos una responsabilidad, y estamos obligados a que nuestra actividad, nuestros resultados, estén al servicio de un futuro mejor.



David F. Agredano

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