ENTREVISTA A UN SANITARIO DE GRANADA



«Ahora entramos sin miedo: nos hemos acostumbrado»



La segunda ola de la pandemia ha aumentado exponencialmente el número de afectados. Un sanitario que ha trabajado en primera línea en la unidad de Urgencias nos describe «lo que ha estado pasando en la mayoría de los hospitales de nuestro país». Ha preferido no dar su nombre porque su única intención es que quienes lean esta entrevista conozcan cómo han vivido esta dura experiencia.


DFA: Desde que comenzó la pandemia, la incertidumbre sobre los efectos del COVID ha generado disparidad de opiniones. ¿Qué fases habéis vivido los profesionales?

SAN: Cuando empezaron a llegar noticias de China a todos nos parecía que quedaba muy lejos y que si llegaba aquí sería una alarma como la de la Gripe A, que generó mucha expectación y luego no fue para tanto. Pero la prensa empezó a hablar de que el Coronavirus ya estaba en Italia. Ahora sí lo teníamos cerca. En la UCI del hospital donde yo trabajo, el jefe de servicio decidió preparar dos box aislados de los demás con presión negativa, por tenerlo separado del resto de los enfermos si llegaba alguien contagiado. Medicina Preventiva nos reunió para alertarnos de que podíamos tener algún caso en nuestra ciudad. También para decirnos cómo teníamos que actuar y los medios que de los que dispondríamos. Dijeron que tendríamos EPIS con monos de seguridad, guantes más largos y gruesos y mascarillas adecuadas, y que nos teníamos que deshacer de todo cuando estuviésemos en contacto con un enfermo. En los siguientes días estábamos expectantes, sin embargo todas las pruebas que se hacían eran negativas. Pero llegó el día: l primer confirmado de COVID19 ingresó en nuestra unidad. Ni los trajes de seguridad, ni esos magníficos guantes que nos prometieron aparecieron; las mascarillas empezaron a escasear. Teníamos enfermos de COVID y no disponíamos de medios.Los positivos aumentaban cada día. Se cerraron la mayoría de los servicios y se hizo el silencio, los pasillos se quedaron desiertos, desapareció ese ir y venir de gente que da vida a un hospital. En la calle no había nadie, y el miedo el silencio y la palabra muerte se hicieron dueños del hospital. Mientras tanto, quienes formamos parte del personal sanitario peleábamos contra algo desconocido.


DFA: ¿Crees que se tardó demasiado tiempo en reaccionar a la amenaza?

SAN: Sí, pero nadie imaginaba que el número de afectados sería tan alto. Los medios que nos prometieron no aparecieron. Nosotros mismos empezamos a hacernos protecciones con los recursos que teníamos, pero las mascarillas FFP2 escaseaban. Las quitaron de los almacenes y las guardaron en los despachos. Nos daban una cada cuatro o cinco días y teníamos que pedirlas como si de limosna se tratara. Mientras teníamos que ver como algunos facultativos (y digo solo algunos porque aquellos sufrieron la escasez de mascarillas igual que todos). Cada vez que atendían a un paciente la tiraban con gesto de asco y acto seguido disponía de otra. La mayoría teníamos que proteger nuestra FFP2 con una quirúrgica para que nos durase varios días. Atendimos a los enfermos con miedo, sobre todo por nuestras familias. Podíamos contagiar a las personas que más queríamos. A pesar de eso nunca hemos dejado de asistir a un enfermo de COVID. La tristeza nos invadía cuando llegábamos a nuestras casas y no podíamos acercarnos a nuestros seres queridos: se acabaron los besos, los abrazos; el afecto se convirtió en distancia, teníamos miedo de contagiarlos.



DFA: ¿Cuánto duró esta situación?

SAN: Dos meses; marzo y abril. Entonces había mascarillas, pero nosotros no teníamos acceso a ellas: estaban en los despachos de médicos y supervisoras. A nosotras nos daban una FFP2 a la semana mientras los médicos sí cambiaban una cada vez que entraban en un box. Nunca entendí por qué la vida de un médico valía más que la mía. Aunque estamos acostumbrados a tener personas aisladas, nunca hemos dejado a una persona desatendida a pesar del miedo que pasamos. También entrábamos asustadas a nuestras casas, temíamos contagiar a nuestros familiares. Es muy triste llegar a tu casa y no poder acercarte a tus seres queridos. En pocos días, los ingresos empezaron a sucederse con mucha frecuencia. Llenamos la UCI de polivalentes y nuestros enfermos se desplazaron a Reanimación. Seguían llegando más y se ocupó la UCI de coronarias, pero seguíamos necesitando más espacio. En los box más grandes se pusieron dos camas y ocupamos la Unidad de Recuperación Postanestésica.



DFA: ¿Os habéis sentido apoyados emocionalmente durante este trance por vuestros superiores? SAN: Por nuestros superiores más cercanos sí. Algunos se contagiaron y el sentimiento de miedo e impotencia era el mismo. Los que se dedican a la gestión nunca se manifestaron ni vinieron a contarnos lo que estaba pasando. El mayor apoyo vino de la gente de la calle: nos donaron pantallas faciales, empezaron a hacernos batas mascarillas, recibíamos dulces, fruta, agua batidos; todo de personas anónimas con el único interés de ayudar. Y además recibíamos cada tarde el aplauso de los granadinos como muestra de agradecimiento.


DFA: Dices que los grandes jefes solo se ocupan de la gestión, ¿cómo crees que puede afectar esa falta de implicación en un servicio de sanidad? SAN: Creo que no hay una gestión transparente y que hay muchos intereses económicos de por medio. La sanidad pública tiene que tener las cuentas muy claras, y eso es muy fácil: tanto tengo, tanto gasto y tanto queda. Pero se pierde mucho dinero que va a los bolsillos de algunas personas con intención de hacerse rica. No tienen espíritu de servicio, utilizan sus puestos para ganar mucho dinero.


DFA: Yo creo que la movilización ciudadana es fundamental para cambiar las cosas. ¿Qué opinas sobre la figura de Jesús Candel? SAN: Al principio su intención era venerable. Lo acompañaron la mayoría de los profesionales del clínico y consiguió la desfusión. Pero después ha querido hacer muchas otras cosas y los que lo apoyaban han dejado de hacerlo.




DFA: En las últimas semanas han subido los casos en Granada una barbaridad, ¿estáis mejor preparados para afrontar la situación? SAN: Sí, tenemos todos los medios necesarios. Pero siempre falta algo: un día no hay patucos, otro no hay gorros. Yo creo que es falta de previsión. Además ahora entramos sin miedo, nos hemos acostumbrado.


DFA: Vivir esta situación desde dentro debe de ser agotador emocionalmente, quiero decir que supongo que aportáis un esfuerzo extra a nivel humano. SAN: Sí, es cierto estamos cansados. Ahora avisan que habrá una tercera ola. Son enfermos que tenemos que pronar y despronar con mucha frecuencia; la mayoría pesan más de cien kilos y necesitan mucha dedicación . El ritual de vestirse y desvestirse con el traje de protección es un suplicio. Nos hace sudar como si estuviésemos en una sauna. Las gafas se nos clavan y se empañan hasta no dejarnos ver nada. Si te dan ganas de hacer pipí con el Epi puesto te aguantas; si tienes sed te aguantas; que el sudor de la cara te llega a la boca y te lo tragas te aguantas, que te quitas el Epi y tienes la cara marcada, el pelo enmarañado y la cara demacrada, te aguantas; si se muere la persona a la que llevas cuidando un mes, pues lo lamentas lo sufres y se sigue adelante.



DFA: Ahora aparece una nueva incertidumbre con la llegada de las vacunas: Moderna, Pfizer... ¿Confiáis en su eficacia? SAN: No queremos ser conejillos de indias, además de lo que estamos pasando, y que el virus pueda con nosotros, pero tenemos confianza en la ciencia.



DFA: Una respuesta inquietante... SAN: Sí, yo pienso que primero tenían que vacunar a los del Congreso ―ellos fueron los primeros en hacerse la PCR― y que nos vacunen a los demás cuando pasen dos meses.



DFA: Espero que esto sirva para que quien las lea tenga una visión más realista del problema. Muchas gracias. Personas como tú, que se entregan por vocación a un bien común, me hacen mantener la fe en un mundo posible.




David Fernández Agredano


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